“La red de banda ancha es democratizante”

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Nuestra Cultura, la publicacion de la Secretaria de Cultura de La Nacion, trajo este mes una entrevista a Pablo Hernandéz, profe de la casa, que nos parecio interesante compartir. Pedi gratuitamente tu ejemplar de Nuestra Cultura en la mesa de La UES

DE LA BRECHA DIGITAL A LA “BANDA ANCHA PARA TODOS”, HERNÁNDEZ ABRE UN PANORAMA SOBRE EL DESARROLLO DE LA INFRAESTRUCTURA TECNOLÓGICA Y LA PRODUCCIÓN DE CONTENIDOS DIGITALES EN LA ARGENTINA, A LA VEZ QUE DESTACA EL PAPEL DECISIVO DEL ESTADO EN EL DISEÑO DEL PAÍS CONECTADO Y CONVERGENTE QUE YA LLEGÓ. PABLO HERNÁNDEZ LICENCIADO EN CIENCIAS DE LA COMUNICACIÓN \UBA]. DOCENTE DE GRADO Y DE POSGRADO DE POLÍTICAS Y PLANIFICACIÓN DE LA COMUNICACIÓN, Y DE  CONOMÍA DE LA INFORMACIÓN. CODIRECTOR DEL PROYECTO UBACYT “LAS NUEVAS EXPERIENCIAS POPULISTAS Y LAS POLÍTICAS NACIONALES DE COMUNICACIÓN EN AMÉRICA LATINA EN LA ERA DE LA CONVERGENCIA”. DIRECTOR DE CONTROL Y ATENCIÓN AL USUARIO DE LA AUTORIDAD FEDERAL DE SERVICIOS DE COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL \AFSCA].

–¿De qué hablamos cuando hablamos de “cultura digital”?

–Desde mi perspectiva, la idea de cybercultura o cultura digital es toda forma de vivir en conexión. Cuando digo “vivir”, quiero decir producir, hacer circular y usar símbolos, servicios, letras, videos, números en la red. Se trata de cómo los humanos entablamos una relación cada día más potente con la tecnología, que es cada vez más omnipresente. De ahí surge la metáfora del individuo convergente, siempre conectado. Como sostienen varios autores, más que nativos, somos náufragos digitales, emigrantes digitales, usuarios de tecnologías.

–¿Cuál es la relación entre cultura digital e inclusión en la Argentina?

–Si cualquier ciudadano tiene la posibilidad de conectarse a una red de banda ancha y a los servicios que en ella circulan hoy en día, está viviendo mejor que si no pudiera hacerlo. Después vendrán las críticas acerca de qué es lo que trae la tecnología como enseñanza, como pedagogía, como ideología, etcétera. Pero estamos de acuerdo con que el acceso a esa  tecnología es bueno. Por lo tanto, su difusión como servicio universal debería ser un imperativo de cualquier política pública. Tenemos dos definiciones: es bueno y hay que hacerlo.

Por otro lado, lo que llamamos “brecha digital” da cuenta de dos clases de brecha: una tradicional, de tipo socioeconómica; y otra generacional, es decir, el problema de la alfabetización de quienes tienen acceso al dispositivo, pero no saben qué hacer dentro de él, porque son “analfabetos digitales”. Ser alfabetizado es poder utilizar al máximo y tener las destrezas suficientes para explotar el dispositivo. Entonces, hablar de inclusión es hablar de la brecha socioeconómica, del acceso al dispositivo como servicio. Desde mi punto de vista, la banda ancha móvil o fija, el acceso a Internet tiene que ser considerado un servicio universal: “banda ancha para todos”. Después hay que ver quién lo paga, pero, en principio, Internet tiene la misma lógica que un servicio o bien público (gas, luz, teléfono); son servicios que tienden a ser universales y mucho más eficientes cuando son prestados por un solo operador. Eso los transforma en lo que, en economía, se llama monopolio natural. El problema es quién lo explota. Es una vieja discusión en la política. Creo que la responsabilidad de su prestación debe recaer en el Estado, más allá de que pueda ceder las concesiones a operadores privados.

–¿Esta modalidad de servicio universal ayuda a reducir la brecha digital?

–Si uno garantiza que el acceso sea universal, evidentemente, está reduciendo la brecha socioeconómica. De todas formas, en países como el nuestro, hay exclusiones de tipo geográficas, porque las poblaciones rurales son, por lo general, marginadas de cualquier servicio.  Pero esta situación puede solucionarse con las tecnologías disponibles, empezando por los satélites. Un programacomo Argentina Conectada es una política de inclusión en el acceso, pensando la banda ancha como servicio universal. ¿Y quién la está pagando? El Estado. La televisión digital es un sistema de inclusión de televisión de última generación que, en el país, fue diseñado como servicio universal y, de hecho, empezó por los que menos poder adquisitivo tienen. ¿Quién los está pagando? El Estado. En general, estas grandes inversiones, por lo menos en la historia de la radiodifusión argentina, siempre las pagó el Estado: de la primera televisión a la migración a color, y ahora la televisión digital.

–¿Cómo hay que trabajar para saldar la segunda brecha?

–La Web 2.0, las redes sociales, las posibilidades técnicas de producir artesanalmente videos, audios, escritos, etcétera y subirlos a la red ya están disponibles en distintos formatos. La prioridad es que la mayoría de los ciudadanos tenga acceso al dispositivo y, después, que pueda adquirir destrezas sobre ese dispositivo, que ya está interpelando a la escuela y la televisión. La escuela tiene fuertes dificultades para incluir en su lógica del siglo XVIII las nuevas tecnologías, y también la televisión. Una y otra van a ser fuertemente modificadas. Luego, si en toda la matrícula educativa se pudieran incluir las destrezas en el manejo de recursos digitales en Internet, estaríamos perfecto. Tampoco es posible convertir a cada ciudadano en un programador. Entonces, hay que lograr un diálogo permanente con esas tecnologías, aprender a utilizar todos sus componentes pedagógicos y democráticos. Esto va a requerir tiempo. Pero también es cierto que, para las nuevas generaciones, cuanto más universal sea el acceso al dispositivo, mejor: la naturalidad con que los niños y jóvenes dialogan con esos artefactos tiene que ver con que ya están en su hábitat cuando nacen. Más allá que uno logre, desde el aparato formal educativo, difundir destrezas de comportamiento en la red, quien nace pudiendo entrar a la red con el dispositivo luego aprenderá, mal o bien, pero ya cuenta con la ventaja absoluta de tener la conexión.

–A lo largo de la historia, ¿las tecnologías han favorecido la democratización de la información?

–Si uno piensa, desde el punto de vista de la política pública y del uso de los dispositivos (no estoy hablando de la cuestión individual, afectiva o psicológica), que los dispositivos de difusión permitieron, por ejemplo, democratizar el acceso a las imágenes (jamás fui a las Cataratas, pero, por lo menos, vi una imagen del paisaje en televisión), sin ninguna duda, la red de banda ancha es democratizante de cualquier tipo de contenidos. Pri-mero, porque incluye los contenidos de los dispositivos previos (uno puede ver televisión en Internet); segundo, porque puede ver imágenes de cualquier lugar del mundo, subidas por cualquier usuario. No hay forma posible de que Internet sea menos democrática que los dispositivos anteriores, simplemente por la cantidad de personas que producen, usan y consumen dentro de la red. Luego vienen todos los otros problemas: cuáles son los contenidos que más circulan, qué idioma es el dominante, cuánta apropiación/mediación privada comercial de los contenidos hay, cuántas exclusiones hay, por qué los grandes traficantes de contenidos pueden bloquear u orientar determinados materiales. Insisto: primero tenemos que solucionar el tema del acceso y, después, desarrollar todas las posibles destrezas con esa tecnología.

Esto sí se relaciona con la capacidad de producir que tengamos en todos los niveles; con qué tipo de personas y con qué cantidades y clases de inteligencias contemos, ya sean poéticas, estéticas o matemáticas.

–¿Cómo evalúa el nivel de desarrollo de la conectividad en la Argentina?

–La Argentina tiene altos porcentajes de penetración de dispositivos, lo que se explica por su pirámide socioeconómica. Por ejemplo, el 70 o 75 % de los hogares está atravesado por el tendido de televisión por cable, una cifra que es de las más altas de Latinoamérica. Lo mismo ocurre con el teléfono: hoy hay casi 50 millones de celulares.

Es decir, la cantidad de dispositivos de acceso tanto a la televisión como a la telefonía (que puede incluir Internet) posiciona a la Argentina en un lugar privilegiado. Si uno piensa en la Televisión Digital Abierta, Argentina Conectada, Conectar Igualdad, que son políticas de difusión de tecnología; si, además, se agregan los programas de producción digital, los laboratorios de nueva tecnología, las 42 licencias para canales de televisión digital universitarios, los polos de producción digital que están centrados en las universidades, entonces, viendo todo esto, uno diría que la Argentina está bien. Es decir, está acompañando el acceso a la infraestructura con dinero del Estado y, además, lo está vinculando con centros de  producción, en este caso audiovisual. Es correcto el diseño actual de la política digital; el tema siempre es la sustentabilidad, la posibilidad de mantener esta política en el tiempo, con el acceso de la mayoría de la población.

–¿Cuáles son los principales puntos de las Políticas Nacionales de Comunicación?

–Si uno mira la tradición conceptual de las Políticas Nacionales de Comunicación (PNC), cuyas dos palabras clave son acceso y participación, uno diría que el acceso es central en este momento, lo cual es lógico porque, insisto, sin infraestructura no existen las demás posibilidades. La participación, en este caso, tiene que ver con la alfabetización crítica del usuario: no podemos exigirle a cada ciudadano que sea un productor audiovisual, pero lo que sí podemos hacer, en nuestro aparato formal educativo, es desarrollar el pensamiento crítico, el usuario crítico, un usuario que pueda entender las lógicas productivas que hay detrás de un determinado mensaje.

Participación, para mí, se vincula con producir. En las primeras discusiones de las PNC, uno de los aspectos presentes fue la protección de las culturas nacionales, con barreras aduaneras, cuotas de pantalla (hoy todavía existen, incluso en la nueva Ley de Medios). Pero la mejor manera de proteger es producir, y producir más que los demás.

–¿Cómo se posiciona la televisión digital en el sistema de medios públicos y privados?

–Dos grandes modelos han tenido influencia académica y política en el país: el norteamericano y el europeo. El modelo norteamericano de transición protegió a todos los operadores privados y les garantizó que, con la llegada de la televisión de alta definición, en el horizonte digital, no iban a entrar más operadores. El modelo europeo primero fue privado, pero fracasó, y después fueron las televisoras públicas las que relanzaron la televisión digital. El modelo argentino es diferente y no deja de ser parecido a la propia historia: el Estado sostiene la mayoría de las señales digitales de televisión disponibles con renta que obtiene de otras actividades. Sostiene esa producción audiovisual y también la migración,  porque está comprando las antenas. Incluso la licitación de 220 señales se apoya sobre infraestructura estatal. Es decir, el que produzca la señal no tiene que  pagar ni la antena ni el transmisor. Digo que es un caso paradigmático porque comenzó por los que no tenían acceso: el millón de decodificadores que hay en la Argentina lo pagó el Estado, y recién ahora se están comprando los decodificadores en mercados minoristas como cualquier electrodoméstico. Esto, desde mi punto de vista, se inscribe dentro de las mejores tradiciones de la política argentina. Y si continúan los programas de producción audiovisual destinados a la televisión digital, para 2019, cuando lleguemos al apagón, vamos a estar muy bien.

–¿Existe la convergencia entre el sector audiovisual y el de telecomunicaciones en el país?

–En principio, sobre la convergencia entre radiodifusión y teléfono, los dispositivos ya existen, aunque no hay banda ancha en todo el país, lo que genera una brecha respecto de en qué partes de la Argentina hay servicios convergentes disponibles. Existe también el problema de la convergencia regulatoria: en el país, tenemos legislaciones específicas, como la nueva Ley de Medios, que está centrada en la radiodifusión, o Ley de Telecomunicaciones. Por eso, a la hora de legislar, habrá que pensar cada vez más que los servicios van a estar combinados. Lo mismo vale para las autoridades regulatorias: en general, tendemos a dividir la actividad entre la Secretaría de Comunicaciones y la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA), cuando, en realidad, los servicios y los dispositivos futuros van a ser mixtos. Entonces, hay que discutir la cuestión en términos de convergencia regulatoria, de los organismos reguladores, de las formas en que se abonan los servicios (aquí seguimos pagando una comunicación a Nepal como hace 50 años). Pensar la convergencia depende de cómo se vea el servicio final. La banda ancha para todos es el futuro; el horizonte de llegada debe ser un servicio universal y con tarifa plana.

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