La Nación y su eugenesia ideológica

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Publicado originalmente por Oscar Cuervo en el blog de revista La Otra

“La Nación es el mejor diario del país, hoy” decía hace poco Lucas Carrasco. Una de las notas de tapa de este domingo en el diario de los Mitre permite poner en duda esta afirmación.

Habitualmente los diarios reservan para la edición dominical las notas de fondo, asumiendo que ese día los lectores le dedican más tiempo a la lectura reflexiva. La sección principal de La Nación del domingo consta de 24 páginas. Si excluimos la tapa, los editoriales, los avisos fúnebres y los anuncios publicitarios, quedan 13 páginas para configurar la agenda semanal de la Tribuna de Doctrina.

La nota a la que me refiero -que ocupa una de esas 13 páginas- se titula “La ideología, presente en el código genético” y está firmada por Hernán Iglesias Illa. La volanta dice “Psicología / Una teoría que gana fuerza” y la bajada “Expertos y politólogos consideran que hasta el 50% de los factores que inciden en nuestras ideas políticas se vinculan con el ADN“. Ya la conjunción de “expertos y politólogos” no anuncia nada bueno. ¿Los expertos y los politólogos serían dos conjuntos distintos?  ¿Será que los politólogos no son expertos o que los expertos no son politólogos? ¿Multiplicará el autor las palabras porque cobra por cantidad de caracteres? La imprecisión de decir que nuestras ideas políticas “se vinculan” con el ADN no requiere contrastación empírica: también la botánica se vincula con la industria editorial y la avicultura se vincula con la poesía épica. El dato de que este vínculo se cuantifique “hasta el 50%” no significa absolutamente nada, pero adopta la apariencia de matematización, un  truco retórico característico de la vulgata pseudocientífica. Illa volverá a apelar a este yeite varias veces a lo largo de su artículo.

La frase inicial -“Todos estamos convencidos de que nuestras ideas políticas son correctas y que nuestra opinión sobre el Gobierno es la más acertada“-, escrita en primera persona del plural para conquistar la empatía del lector, es tautológica, porque se limita a decir que nuestras opiniones son lo que nosotros opinamos. Pero el resto de la nota está dedicado a relativizar el fundamento de “nuestras” convicciones, atribuyéndoselo a la dotación genética. Unos renglones más abajo Illa adopta un tono cercano a la filosofía cartesiana: “¿De dónde vienen estas certezas? ¿Por qué una persona puede opinar una cosa, y otra, con la misma información, lo opuesto?“. El arsenal teórico con el que el autor encara este arduo problema gnoseológico remite a un clásico de la sanata periodística, el de apelar a la autoridad de  académicos de universidades norteamericanas: “un psicólogo llamado David Pizarro” de “la Universidad de Cornell”; John Jost, “psicólogo de la Universidad de Nueva York que se ha convertido en una especie de símbolo de los estudios sobre las diferencias psicológicas entre las personas de espíritu conservador y las de espíritu liberal o progresista”; “el psicólogo argentino Ezequiel Galarce, investigador del Instituto de Salud Pública de la Universidad de Harvard”; y Jonathan Haidt “un psicólogo muy conocido en Estados Unidos que este año publicó un libro llamado The Righteous Mind“. El recurso es tan viejo como el estilo de las Selecciones de Reader’s Digest, pero el colaborador de La Nación y del blog Los Trabajos Prácticos le pincela una mano de contemporaneidad: quienes sostienen la sanata son “una nueva generación de psicólogos y politólogos, especialmente en Estados Unidos”. Y la tontería propuesta es presentada como una tesis”controvertida”:

…una parte importante de nuestras opiniones políticas -el consenso oscila entre el 33 y el 50%- está influida por intuiciones muy arraigadas en nuestra psicología. No sólo eso: una parte de estas intuiciones, según decenas de estudios, provienen no de nuestro entorno, sino que lo traemos de fábrica, en nuestro código genético.

Es notable esta precisión: el consenso oscila entre el 33 y el 50%. No llega advertirse el verdadero significado de la oscilación del consenso ni se sabe cuántas decenas de estudios construyeron este consenso oscilante. Pero el autor nos previene contra simplificaciones apresuradas que pudieran hacerse de la pavada que nos plantea: “Esto no quiere decir [ojo, ¿eh?] que la simpatía por el peronismo o la pasión por el antiperonismo están escritas en el ADN, pero sí que tenemos actitudes que, combinadas con el entorno, pueden expresarse de una manera u otra“. De una manera u otra, ¿se entiende?

Las decenas de estudios que Illa relevó para hacer la nota contienen algunas revelaciones sorprendentes: “los progresistas son más abiertos a la experimentación y a la diversidad, mientras que los conservadores buscan vidas más convencionales o mejor organizadas“. Nunca se me huberia ocurrido.

Pero el académico que, según Illa, se adentra en una verdadera terra incognita es el bizarro David Pizarro: “lleva varios años mostrando fotos desagradables y anotando la respuesta de sus voluntarios (…) un estudio de miles de casos en 121 países”. Después de años de dormir en hoteles de los cinco continentes, Pizarro llegó a una conclusión interesantísima: “…las personas más asqueadas por estas imágenes tendían a ser conservadoras. Las que reportaban niveles de asco más bajos tendían a ser liberales o progresistas“. Imaginemos la satisfacción de los organismos que financiaron una investigación tan exhaustiva.

Illa es conciente de que los lectores de La Nación esperan que estas reveladoras investigaciones se vinculen  con la realidad local, por lo cual no se priva de aludir a la aborrecible discordia que el kirchnerismo ha instalado en las familias argentinas:

En los últimos años, muchas mesas familiares argentinas se vieron arruinadas por ardientes discusiones políticas: ¿por qué discuten tanto -por ejemplo- estos dos cuñados, uno kirchnerista rabioso y el otro antikirchnerista cabezadura, si son tan parecidos en todo lo demás y fueron educados en establecimientos equivalentes? Ambos presumen de tener la lógica y la racionalidad de su lado. Y, sin embargo, no logran ponerse de acuerdo en nada. ¿Por qué?

El periodista Hernán Iglesias Illa se presenta en Twitter de este modo: “Freelance writer. Autor de ‘Golden Boys’ (2008) y ‘Miami’ (2010). Brooklyn, NY”.
En el libro Holy Fuck! (editado en Buenos Aires la pasada primavera), que recopila textos aparecidos originalmente en el blog Los Trabajos Prácticos, Illa hace en 2011 un acto de contrición desde NY:
Siento nostalgia de 2005 porque aquellos ensayos se me escribían fáciles, y este me ha costado más. En parte porque ya no tengo con  Argentina aquella cercanía de 2005 o 2006. (Me siento menos parte de sus tradiciones.) Y en parte, también, porque aquella guerra cultural de 2004-2008, en la que discutíamos las manías y las taras y los prejuicios del kirchnerismo, ha dejado de existir y tiene un ganador. Su ganador es Daniel Tognetti. O Víctor Laplace. O Nicolás Tereschuk. Voy a repetirlo en un párrafo aparte para que tenga el énfasis gráfico que se merece:

“Perdimos“.
Perdió, @HernaniiNY.
Por alguna razón, quizá genética, siente que tenía mayores méritos para ganar que Tognetti, Laplace o Tereschuk. Pero a la vez cree que él y otros como él perdieron. Una manera de elaborar la derrota y mantener un delgado lazo con las tradiciones argentinas es escribir artículos como este para La Nación de los domingos.
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