Malvinas, Cuba y Comunicación Social

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La compañera Daniela Jimena Gonzalez nos acerco mediante la comunidad facebookera de FSOC el siguiente articulo y no pudimos evitar compartirlo 🙂
Daniela: Una cubana escribe sobre las Islas Malvinas después de encontrarse con Santiago Paolinelli estudiante de la carrera de comunicación en la Uba quien tuvo la oportunidad de viajar a Cuba por un curso sobre: “America Latina y el Caribe 2012: Continuidad y Cambio”

Malvinas argentinas

Las Malvinas parecen un par de alas desgajadas en medio del Océano Atlántico, pero qué poco de angelical e inmaculado le quedan a estas alturas del nuevo siglo a las plumas terrosas de la Sandwich y la Georgia del Sur.
Para una caribeña distante como esta nube cubana, decir Malvinas era mentar a unas islitas lejanas, lejanísimas en la sensibilidad y la geografía, vecinas de alguna costa argentina e inherentes aún a lo más sur del Cono nuestroamericano por la fuerza del conflicto. Hasta allí las clases.
Pero entonces conocí a un argentino y las Malvinas comenzaron a dolerme como tierra propia.
Mi amigo Santi, el primer pibe-boludo que he tenido la suerte de tutear, no hizo conmigo trabajo político-ideológico ni me echó una descarga de historia y razones. Todo fue mucho más simple.
Aquella mañana de desayuno antes de marchar al Postgrado del Instituto, bajé con mi camiseta de la enseña inglesa al costado izquierdo y casi le provoco un infarto.
Su indignación manifiesta me pareció broma en principio, pero el muy zurdo y rebencudo hijo de la abanderada República del Sol Incáico me hizo un acto de repudio hermoso en medio de una clase, para que supiera que no era cosa de risa y que yo era traidora, mala hermana y “lo peor” por llevar aquella cruz bicolor sobrelatiédome en el pecho.
No hizo falta más arenga que aquella rabia real, que aquel “Che, boluda, quitáte esa cosa!!!!” y su cabecita girando en negativo de un lado a otro con desencanto.
Subí rauda al mediodía y mudé de ropa para suavizar mi injuria, y desde entonces no he vuelto a usar la susodicha prenda… me muerde tanto la conciencia que me veo regalándola a terceros dentro de poco.
El “chucho” de Santi me hizo entender que él quiere y sufre a las Malvinas como yo a la Base Naval de Guantánamo. No es su reclamo un cálculo de bolsillo, donde pesan las crudas sospechas de barriles a la vera de las aguas litorales de estas gemelitas australes o el aceite ballenero que algún día preñó en creces los mares y la economía malvinense.
A Santi incluso se la suda que si un día la Antártica llega a ser tierra en litigio, las islas den derecho-plus a su posesión por cercanía territorial.
Lo de él es sentido de pertenencia nato, y lógica, lógica elemental que le indica abismalmente menor la distancia geográfico-cultural entre Malvinas y Argentina que entre las ínsulas de los conflictos y sus far far away actual owners.
¡Parece tan obvio que Malvinas no puede seguir siendo coto inglés!, tanto que muchos otros Santi se fajaron por ello hace treinta abriles sin mayor aporte que morir en centenares y asegurarle a la Iron Tatcher la reelección.
Pero el mundo tiene sus pocos importantes, decisores para estipular lo correcto, y los muchos permanecemos debajo, a expensas de que el orden establecido administre a cuentagotas las migajas de justicia que merecemos.
Las islas siguen en trámites de propiedad y descolonización, como otros 16 territorios no autónomos que hacen cola en los listados de la ONU desde 1961, en espera de su declaración de independencia. Y mientras, hay que estar “conformes” con que siga siendo provincia anglosajona de ultramar, nombre tan refinado con que llaman ahora a la usurpación de tierras cuando pasan los siglos y adquieren consistencia de cosa natural de toda la vida.
¿Qué decirte, Santi, de todos estos dimes y diretes? Pues que estoy contigo, que siento tu lucha como la mía y que nadie me va a convencer de que las Malvinas no son argentinas, aunque en Wikipedia publiquen lo contrario.
También yo, entonces, en mi condición de nuestroamericana, tengo que querer a las islitas del lado sur de la geopolítica, re-pintado su nombre en el Malva-celeste de la bandera soleada que le reclama y que por sortilegios de la amistad más pura llevo cada día en mi corazón, sin necesidad de camiseta alguna.

por María Antonieta Colunga Olivera.

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